Las hijas de Chávez, Rosa Virginia y María Gabriela, también conocidas como “las infantas”, se aferran a la residencia como si fuera un legado que les dejó su padre en herencia, y no han mostrado ninguna intención de mudarse para que al fin puedan tomar posesión de la mansión Nicolás Maduro y su mujer Cilia Flores.
Rosa Virginia y María Gabriela han convertido La Casona en un club social para disfrute compartido con sus numerosos amigos. Las fiestas que organizan “las infantas” atruenan la barriada, según cuentan los vecinos de la urbanización La Carlota y Santa Cecilia, donde está ubicada la residencia presidencial. La piscina y la sala privada de cine son dos de las dependencias preferidas para tan frecuentada vida social.
Además, por lo visto, los ágapes les salen muy baratos. Los restaurantes de comida rápida y las agencias de catering ya no aceptan más pedidos de pizzas, hamburguesas y bebidas refrescantes y espirituosas porque, aseguran, los inquilinos de La Casona ya han dejado de pagarles. No es la primera queja relacionada con la agitada vida social de las hijas de Chávez. Las empresas de espectáculos se duelen de que deben regalarles unas treinta entradas cada vez que contratan a un artista internacional. Así, “las infantas” pueden repartir las invitaciones entre sus amigos.
Rosa Virginia es la hija mayor de Chávez y está casada con el actual vicepresidente, Jorge Arreaza. Este matrimonio, que se fraguó a la sombra del desaparecido patriarca, ha conocido varios tropiezos, el más reciente por “veleidades” con terceras personas, que han estado a punto de provocar la ruptura de la pareja.
Pese a las peleas conyugales, Rosa Virginia siguió viviendo en la residencia con sus dos hijos, en tanto que su marido se mudó a Fuerte Tiuna, sede del Ministerio de la Defensa, mientras duró el bache matrimonial. Al final se reconciliaron, y el vicepresidente pudo regresar a La Casona.
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